La visita a los numerosos parques y jardines botánicos (en Tahití, Moorea, Huahine, Taha’a o ‘Ua Huka) es un verdadero viaje para descubrir una flora extraordinariamente rica.
© Philippe BACCHET
Durante sus migraciones, el hombre ha introducido numerosas especies útiles llamadas “tradicionales”: para alimentarse, textiles o medicinales. El poblamiento de los archipiélagos por los primeros maorís llevó una primera selección de plantas para alimentación como el cocotero, el māpē (castaño tahitiano), el ‘uru (árbol del pan), el ñame, todos ellos originarios de Indo-Malasia, pero también la caña de azúcar, los bananos, el manzano de Citera (spondias cytherea)…
Los primeros misioneros trajeron asimismo nuevas plantas útiles (tamarindo, limonero, vainilla, mango…) así como flores ornamentales. La farmacopea polinesia, a base de plantas, incluye numerosos rā’au (remedios) que siguen transmitiéndose de generación en generación dentro de las familias. Por otro lado, la utilización de determinadas especies como material de construcción está muy extendida en la arquitectura tradicional (estructuras de bambú, troncos de cocotero, revestimientos de techumbre con hojas de palmera de cocotero trenzadas o de pandanus…).
En las islas montañosas, la vegetación se escalona en función de la altitud, de los vientos, de los suelos, de las horas de sol y de las precipitaciones. Las llanuras costeras son el territorio de los cocoteros y de las diversas especies arborícolas (‘aitō, frangipani, tāmanu…). Por su parte, los valles presentan una flora variada debido a los cultivos y a una irrigación importante. En cuanto a las mesetas y a las cumbres, albergan sobre todo especies indígenas (helechos arborescentes y numerosos arbustos endémicos).
Mientras que las islas altas cuentan con alrededor de 1.000 especies diferentes, las islas bajas (atolones), bajo la influencia de los vientos y del oleaje, sólo albergan un centenar de ellas, las más corrientes de las cuales son el tou (cordia subcordata), el cocotero, el fara (pandanus), el nono (Morinda citrifolia) o el miki miki (remphis acidula)….
Las flores forman parte de la cultura y de la vida polinesia. Al llegar al aeropuerto, los viajeros son recibidos con collares olorosos y llenos de colorido. La costumbre quería asimismo que los collares de tiare fueran ofrecidos al iniciar el viaje para desear buena suerte. Por razones sanitarias, los collares de conchas han sustituido a los de flores. La noción de “Tīare”, significa “que exhala el perfume / elevación de fragancia” y simboliza por consiguiente la fiesta, el placer, la embriaguez, la diversión y la alegría. Alrededor del mercado de Papeetē, las māmā confeccionan las coronas de flores que los polinesios llevan durante las ocasiones especiales, como una boda o simplemente una velada entre amigos.
Las flores están en el origen de numerosas leyendas polinesias. La tiare mā’ohi denominada en la actualidad tiare Tahití para diferenciarla de la palabra “tiare” que significa “flor” en general, habría sido creada por el dios Ātea con la ayuda de Tāne, dios de la belleza. En la época de los ancestros polinesios sólo los ari’i o jefes podían recolectar esta flor sagrada. Más tarde, la tiare se utilizaba únicamente como símbolo de amor. Durante las bodas polinesias, la casa y la cama de los recién casados eran tapizadas con estas flores inmaculadas durante 30 días. Su perfume permitía a la joven pareja alcanzar el secreto de plenitud del dios Ātea. En la actualidad, la tiare Tahití sigue siendo símbolo del amor: llevada en la oreja izquierda significa que el corazón ya pertenece a alguien, pero en la oreja derecha, que el corazón está libre…
© Hosokawa KASUYOSHI
El cocotero es a la vez un símbolo de Tahití y un recurso fundamental para sus habitantes. En efecto, la preciada nuez que produce tiene varios usos: su agua, deliciosa y refrescante, sacia la sed y su carne, una vez rallada y exprimida, proporciona una leche aromática utilizada en numerosas salsas, en especial en la preparación del célebre pescado crudo con leche de coco. En una fase de maduración más avanzada, la carne de coco se convierte en copra y sirve para preparar productos cosméticos, como el jabón, el champú o el monoï. Por último, el aceite de copra demuestra ser un excelente biocarburante y podría incluso hacerse en el futuro con un lugar entre las energías renovables.